Algunas veces cuando estoy en sesión con algún paciente, me quedo callada por largos ratos. La gente normalmente puede hablar por largo tiempo, y eso ya ayuda. Sé que también hago mi trabajo, que les doy caminos nuevos para pensar su vida, pero también sé que les doy un espacio para poder decir muchas cosas que en “el mundo” no se pueden decir.
A veces podemos hablar de lo terribles que son estas fechas, sin el “Feliz Navidad!!!” de por medio; les doy un espacio para que digan que a veces se enojan con Dios o que están pensando dejar de creer en él, sin sentir miedo a la respuesta que se pueda recibir a esto; podemos hablar de cómo odian a su madre, o algunas cosas de ella, por mucho que esto parezca un cliché, y de cómo si se ponen celosos de las parejas de sus padres o de sus hermanos, como si fuera su derecho.
Ya con el hecho de poder poner en palabras, y afuera de nuestra cabeza los terribles pensamientos que a veces nos acechan, descansamos. Nos alivia, nos cura. Es la maravilla de poder hablar sin ser juzgados, en un lugar donde nada se oye mal, lo que nos empieza a curar. Es extraño tener una oreja a quien decirle esto, y luego darte cuenta que no sólo es oreja, que es una persona, y que no pasó nada por decir lo que piensas.
Y yo, la oreja, puedo tener la certeza de que aunque no sea el mejor día para mi, que aunque no esté especialmente brillante o creativa, los estoy ayudando. Estoy haciendo mi trabajo, estando siempre ahí, previsible, sin falta. Esa es gran parte de mi trabajo.